A las cuatro de la mañana te escuché llegar y marcharte.
Revisaste mis cajones y escribiste una nota que se perdió bajo la cama.
Me miraste por largo rato antes de salir; quise seguirte, pero mis pies no reaccionaron y mis llamados no se escucharon.
Busqué la nota bajo mi cama, pero bajo ella guardo todas tus notas y no supe entender si hoy me amaste o me odiaste.
Encendí la lámpara y miré un rato tu sombra, parecía divertida; intenté hablarle pero parecía no entenderme, le escribí una nota y entonces me dijo que debía irse, que ya era tarde. Ofrecí acompañarle hasta la esquina, pero desapareció mientras se despedía estrechando mi mano.
Volví a dormir.
Volviste a las seis a dejarme otra nota. Esta vez no la perdí, pero estaba en blanco.
Recordé los retratos que escribí de ti y leí cada uno de ellos , recordé que debía pintarte cada noche para no dejarte morir en el olvido.
Recordé que temo a la eternidad.
Ya es casi de día y debería dormir; si vuelves a las ocho, despídete después de dejar tu nota.
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