Leer con ternura, gracias.

martes, 31 de enero de 2012

Focos apagados

Aunque duerma bajo la almohada, siempre vuelve a esconderse en el tercer cajón de abajo hacia arriba.
Sus ojos me recuerdan al cristal molido bajo mis zapatos esa mañana de octubre cuando no reconocí sus pasos y confundí sus tosidos con un cuarteto de cuerdas que intentaba tocar los dedos de Piazzolla.
Los árboles siempre nos dieron la suficiente cantidad de alfileres como para permanecer juntos, pero los agujeros se vuelven aburridos.
Los ladrillos en el cielo a menudo escriben los nombres con que la he conocido.
Aunque olvidé la mitad de las letras que lo componían y los reemplacé con números, la mayor parte del tiempo los recito y río como cuando Cecilia dejó de ser Cecilia o cuando Sicilia dejó de ser Sicilia; cuando dejaron de ser la mujer en la ciudad y fueron tan sólo una mujer en una ciudad.
Ahora esas letras adornan la patente de mi automóvil.
Desde aquél día, los perros ya no me ladran como antes.

miércoles, 25 de enero de 2012

Mudez

Decidí esperar ciento dieciocho días por la respuesta. No quiero oírla ni leerla, espero que sepa hacer uso de la telepatía.
Las cenizas del abuelo me miran como si no quisieran esperar.
Sé que uno de mis cuadernos memorizó su número telefónico escrito en tinta roja. Sé que cada dígito se enmarcaba en un cuadro con marco de seda, cada uno con el mismo mensaje escrito en una lengua distinta.
Hablemos sin abrir la boca.
Mejor cierro las cortinas y me duermo. Mañana serán ciento diecisiete.

miércoles, 4 de enero de 2012

Relojes de arena

Has perdido la paciencia.
Busquémosla dentro del maletín que está en el fondo de la sala, el que está junto al reloj que tiene la hora inexacta.
Salgamos a buscarla detrás de los tres árboles que adornan el patio mirando como las flores juegan con los rayos de sol y las partículas de polvo que bailan como un ballet de canarios que no conocen la libertad.
Reza a Dios por tu paciencia cinco días y cinco noches, llora para las estrellas y canta para los soles.
Conviértete en dios del polvo, búscala donde sólo tú podrías.
Haz una llamada telefónica a la muchacha del cabello oscuro, ella la tiene, se la llevó en su auto aquella noche en la que sólo conociste de ella su nombre.
¿Tienes un cigarrillo? Me gusta verles desvanecerse de a poco, podrías usar uno como reloj de arena.
Busca en tu bolsillo.
Si no la hallas, te doy la mía.