Sus ojos me recuerdan al cristal molido bajo mis zapatos esa mañana de octubre cuando no reconocí sus pasos y confundí sus tosidos con un cuarteto de cuerdas que intentaba tocar los dedos de Piazzolla.
Los árboles siempre nos dieron la suficiente cantidad de alfileres como para permanecer juntos, pero los agujeros se vuelven aburridos.
Los ladrillos en el cielo a menudo escriben los nombres con que la he conocido.
Aunque olvidé la mitad de las letras que lo componían y los reemplacé con números, la mayor parte del tiempo los recito y río como cuando Cecilia dejó de ser Cecilia o cuando Sicilia dejó de ser Sicilia; cuando dejaron de ser la mujer en la ciudad y fueron tan sólo una mujer en una ciudad.
Ahora esas letras adornan la patente de mi automóvil.
Desde aquél día, los perros ya no me ladran como antes.