Las cenizas del abuelo me miran como si no quisieran esperar.
Sé que uno de mis cuadernos memorizó su número telefónico escrito en tinta roja. Sé que cada dígito se enmarcaba en un cuadro con marco de seda, cada uno con el mismo mensaje escrito en una lengua distinta.
Hablemos sin abrir la boca.
Mejor cierro las cortinas y me duermo. Mañana serán ciento diecisiete.
No hay comentarios:
Publicar un comentario