He dormido cuarenta años bajo la almohada verde con dibujos apagados, tres de ellos me hablaron la última vez que te vi llorar al pensar que moriría bajo la sombra de aquél montón de hojas que nunca acabé de leer.
Mis pies intentaron huir, pero la condena que caía sobre ellos era más dura que la voluntad de cualquiera de mis extremidades.
Mis cabellos cayeron como plumas arrancadas a una gallina al ser devorada por un grupo de jaguares hambrientos.
Las uñas de mis dedos se encogieron hasta disolverse y ser polvo que viaja por antiguas ciudades escondidas tras las paredes de una casa abandonada.
Mis párpados se fueron atraídos por los placeres de un par de ojos más claros y vanidosos que los míos. En su lugar dejaron los restos que quedaron de la última manzana que comí.
Pasé largos días de veintiocho horas durmiendo; hasta que un día, los gallos, junto a las golondrinas y los zorzales cantaron juntos.
Entonces desperté.
Al despertar estaba yo. Y nada más.
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