Me quito el sombrero, las orejas, el poco cabello que adorna mi cabeza frente a su presencia. Es un encanto, dicen.
Se me pierden las palabras bajo la alfombra, busco con lupa, pero ya he perdido los ojos. Nunca me gustaron los ojos; dejo las palabras, busco letras, invento letras, miento letras, como letras.
Doy una mascada al sol y se me quiebran los dientes, conservo uno, al que ahora quiero como se quiere a un hermano, por la noche le cuento historias antes de dormir y él a cambio promete dejarme descansar sin dolores.
Me saco los zapatos y hago un listado de las cosas que he perdido este año; sí, la vergüenza, la dignidad, la elocuencia, la pureza, LAS GA-NAS-DE-PEN-SAR-EN-DIO-SES que empolvan el piso que me sostiene.
Porque ahora pienso en naipes ingleses, en árboles de dos metros y en embarcaciones de mares muertos. Notifiquen a los gorriones sobre esto, díganles que ya no espero sus cantos, que me basta con imaginarlos y guardarlos donde guardo todo lo que no quiero recordar. Pero que por favor, me esperen ahí dentro cuando yo me vuelva olvido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario